A estas alturas del ruedo no sé de que me sirvió haber dicho que no volvería a escribir para él, si sonaba absurdo tan sólo creerlo. Y es que dicen que el tiempo todo lo cura, pero con esa locura de labios, cómo quieren que me centre.
Tendría que escribirle cien poemas que aún no serían suficientes para que sus corazones entendieran las crónicas que acarrean al mio.
Y es irresistible no hacerlo.
Irresistible él, que parado allí es lluvia en sequía y calma en tempestad.
Irresistible él, que me hace ir de la Tierra a la Luna en el cohete de su mirada,esa mirada que me invita a seguir viviendo, corriendo, soñando, seguir volando;aunque aún no consiga tener alas.
Irresistibles sus ojos, que me hacen viajar alrededor del mundo entero,en un viaje placentero, sin siquiera quitar los pies del polvo. De esos viajes a los que sólo te llevan sus pupilas; si no dejas de admirarlas.Tan irresistibles, que si yo fuera Dios, hubiese hecho el mundo exactamente así;así como lo veo a través de sus pestañas.
Irresistibles sus labios, que aunque los míos no han sentido el calor de los suyos, me aseguran que son leña, fuego, fogata e incendio; y cuando se mueven intentando decir algo que suene coherente, desatan el infierno en su boca; y ese es mi castigo más grande.
Irresistibles sus manos, que tienen para mi piel un sabor de pecado que embriaga, enloquece, permanece y penetra mi alma como un puñal cargado de energía, tan sólo del veneno que destilan sus dedos.
Irresistible ese corazón suyo, que me hace quererlo, desear tenerlo,
ese tirano corazón tan bajo, vil y canalla; que no me permite olvidarlo fácilmente.
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