Vacías estuvieron las ganas de decirte adiós que nunca tuve.
Sufrió la duda al no ser evocada por mis labios con respecto a lo que sentía. Yo siempre estuve segura.
Escribo esto ahora con las mismas ganas
que tuve de entregarte mi vida,
desde el primer roce de nuestras manos.
Por favor, no le cuentes a nadie que lo hice.
La gente dice que no te merezco,
la gente dice, me dice, te dice y no dice nada.
La nada sintió envidia de todo lo que quise darte.
No le cuentes a nadie que lo hice.
El egoísmo se arrepintió de emprender la huida a lo desconocido.
Como aquel que asegura amar la vida y amanece cada día,
con ganas de no haber nacido.
Como aquel que lamenta haber sufrido por no pedir perdón.
Por favor, no le cuentes a nadie que lo hice.
Darte la luna entera nunca pude,
llevarte a admirar como era todo
desde la locura en primavera; eso sí.
No puedo culpar a la lluvia de que hayas dejado de quererme,
aunque haya sido ella la cómplice de tu temor.
No sabía que sería contraproducente incluirte a ti
en el calor que tenerte me producía.
No le cuentes a nadie que lo hice.
Si no llegué a estar del todo pendiente,
si tus lunares buscaron de mi escaparse
y no fue suficiente humillarse.
Debo arrepentirme por el lodo de mis
dientes y por los mares de mis ojos
que no pararon de derramarse.
Por favor, no le cuentes a nadie que lo hice.
No le cuentes a nadie,
por lo que más quieras (que ya no soy yo).
Por favor, no le cuentes a nadie que te quise tanto.
No le cuentes a nadie del llanto,
ni de tus risas.
No le cuentes a nadie que lo hice, que te quise tanto,
y que lo sigo haciendo.
Guayaquil, 29 de enero del 2018.

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